martes, 28 de agosto de 2007

¿A quién van a creer?

Las ocho de la mañana; el despertador se ha empeñado en dejarlo bien claro. Se levanta dejando otro cuerpo y otra alma que rezan entre las sábanas porque este no sea un día más.

Desde la cama se oyen sus pasos hasta el cuarto de baño: Una limpieza física y un despertar de los sentidos. Siempre sale con el pelo y la cara mojados. En unos minutos el aroma del café ya invade la casa. No se preocupa en exceso de no hacer demasiado ruido. El café cae en el vaso y viaja hasta el despacho donde las teclas del portátil comienzan a murmurar ya desde temprano. Ese ordenador de ha convertido en un arma que dispara textos y canciones más hirientes que cualquier bala.

Y desde la cama el desasosiego se derrama por el dormitorio y lo desborda entre las sombras del amanecer. Un desasosiego iluminado por la ventana que se abre para ver dónde está la ropa y no se cierra, ¿recordará que hay otra persona en la cama? Pasos ahora hasta la puerta de la calle, portazo y más desasosiego. Habrá ido por el pan.

Pero a su regreso lo segundo que se oye desde la cama, tras el nuevo portazo, es el golpe sólido del cristal de una botella sobre la encimera y el resoplido del gas de la cerveza saliendo precipitadamente. Las primeras balas salen del portátil al ritmo que marca el golpe de cada descanso del vaso en la mesa mientras el olor del tabaco sustituye al aroma del café.

La cama ya no es cómoda y tras recorrer con miedo el pasillo, desde el quicio de la puerta del despacho, llega la primera pregunta: ¿Cerveza a las nueve de la mañana? Un error más que una pregunta. La llave de la caja de los truenos. Una ducha no viene mal.

Nunca se sabe cómo pasa, pero las tormentas llegan, poco a poco, casi sin darnos cuenta, hasta descargar toda su furia sobre los incautos. Poco a poco se va notando el cambio en el ambiente, pero esperas que no vaya a más y no coges el paraguas. Poco a poco dan las once y las doce y ya han sido dos los viajes a la tienda, por suerte también a por pan, y dos los litros. Y el cielo está al límite y las nubes se colapsan con cualquier mota de polvo en suspensión... y la tormenta cae, loca, sin control, ciega, irrespetuosa, insensible.

- Si no dejas de pegarme llamaré a la policía. Estás borracha. Por favor... para ya.

- Llama a la policía, yo soy la mujer. ¿A quién van a creer?

lunes, 20 de agosto de 2007

Tabú.

No tengo ni idea del porqué de algunas cosas, y es más que probable que nunca la tenga. Quiere que piense en ella. Y yo, como casi todos, estoy demasiado ocupado viviendo como para hacerlo. Me va recordando que sigue ahí; unas veces muy sutilmente y otras todo lo burdamente que sabe hacerlo cuando le apetece.

Ha estado cerca, muy cerca, en más de una ocasión. No sé muy bien a qué vino, pero llegó, me acarició... y desapareció. Ya la he visto llevarse a parte de mi gente. Pero es muy rara, rarísima, la vez que llego a pensar que viene por mí. Y al decir esto me estremezco y noto retorcerse mis vísceras.

Ayer fue un día normal; otro más de los que pasan sin pena ni gloria más allá de cualquier trivial y pasajera alegría. Ya tengo pretensiones para mañana. Pero lo único cierto es que no sé ni puedo saber lo que me ocurrirá en el próximo instante. No puedo saber si habrá una siguiente pulsación en el teclado, e indiscutiblemente a partir del instante siguiente a la imposibilidad de pulsar todo seguiría su curso normal, todo será tan especial o tan aburrido como ahora.

Antes de mí: Todo. Después de mí: Todo. Y en medio de todo... yo; un simple y miserable sistema celular como tantos otros. Un todo parcial para el que nadie es imprescindible si no es para hacerlo parcial.

Y la muerte no se libra de ser una pequeñísima e insignificante parte del todo. Nuestra amiga tiene la natural capacidad de cambiar nuestras vidas. Vivámosla como lo que es. Pensémosla, llorémosla, odiémosla, respetémosla, hablémosla, recordémosla y esperémosla con serenidad sin olvidarnos de vivir.

Es tabú, es natural: Voy a morir. Vas a morir.

domingo, 12 de agosto de 2007

Quiero ser colifato.

Quiero coger, sin más, eso que me ofrecen a un precio que no puedo pagar. Quiero coger sin parar. Quiero gritarle sin medida y sin pudor a ese imbécil que no mira al lado. Quiero besar en la mano a esa chica tan guapa. Quiero romper la puerta de ese retrete sin pestillo. Quiero coger una ramita de romero y regalársela al conductor del autobús. Quiero ir al cuarto de baño sin decirle a nadie a dónde voy. Quiero andar desnudo por la calle. Quiero llorar como un niño. Quiero derrochar sin pensar en mañana. Quiero espantar serpientes a manotazos. Quiero ignorar a los listos. Quiero hablar para que no me entiendan. Quiero ir en bici desde Mairena a Córdoba y volver. Quiero matar a alguien. Quiero escuchar a la tele hablar de mí. Quiero follar en un ciclomotor. Quiero dejar de pagar. Quiero pasarme una semana en la cama. Quiero ser una impresora. Quiero andar desesperantemente despacio. Quiero cantar por Manolo Escobar. Quiero mandarte a tu casita. Quiero fumar en la cama. Quiero que me rescate Superman. Quiero perderme. Quiero pasar el día en la barra del bar. Quiero pasteles. Quiero hablar con los gorriones. Quiero dormir en el césped. Quiero mandar a tomar por culo a más de uno. Quiero cantar a viva voz. Quiero ser estrafalario. Quiero vivir sin hipoteca. Quiero reírme del soldado. Quiero pedir sin parar. Quiero decir sin más. Quiero comer con las manos. Quiero insultar a quien me mira mal. Quiero hacer lo que me salga de los cojones. Quiero decirle lo hijo de puta que es. Quiero decirle que le quiero. Quiero querer. Quiero que no me quieran. Quiero mancharme la ropa. Quiero que me teman. Quiero que me amen. Quiero delirar. Quiero alucinar. Quiero hundirme. Quiero flotar. Quiero ser yo. Quiero ser tú. Quiero no pensar. Quiero dejar de controlar. Quiero ser colifato.

Cada día estoy más convencido de que, cómo decía Heinrich Heine, "La verdadera locura quizá no sea otra cosa que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca."

miércoles, 8 de agosto de 2007

Todos los días ocurren milagros.

Vuelven a sonar The Verve. Vuelven los sueños de fantasmas. Vuelve, a pesar de todo, a no ser difícil despertar.

Vuelve, por suerte, a haber magia suficiente para seguir sobreviviendo: Una mirada de Najwa en las Noches del Pemán. El desayuno en una terraza de la Plaza de San Francisco. El atlántico bajo el sol de Andalucía desde la Torre norte de la catedral. Una gaviota volando el levante de la Caleta. Los pies hundidos en la arena mojada mientras la cometa tira con fuerza. Un descanso a la sombra del balneario. Una cerveza bien fría, unas gambitas al ajillo, unas tortillitas de camarones y una caballa con piriñaca en La Viña. El feliz abrazo por sorpresa de un hada en el Pópulo. Un paseo entre las casas encaladas de Carmona. Un almuerzo frente a la Vega. Un café helado en el Alcázar del Rey Don Pedro. La penúltima de Canasta entre la verborrea de Bárbara, los juegos de Dana y las babas de su recién estrenada preocupada mamá.

Todos los días ocurren milagros. Pero a veces, o no queremos o no sabemos darnos cuenta. Una mirada, una sonrisa, un beso, una caricia, un abrazo... Hoy una niña no podía evitar reírse a carcajadas cada vez que ese barbudo la miraba mientras agitaba la botella de refresco; papá también tiene pelos en la cara. Hoy otra niña no podía evitar volverse pegajosamente dulce mientras el "ding dong diiiing" resonaba urgente, como riñéndole por su tardanza, por todo el aeropuerto.

Caminas con la cabeza baja, yéndote de este momento, pensando si no será cosa de brujas y deseando que los días pasen tan suavemente como hasta ahora lo están haciendo este verano. Y hasta los que no están cerca vienen de repente con sólo acariciar un reloj blanco o con levantar un teléfono. ¿No es milagroso?

Mientras tanto Richard Ashcroft sigue cantando... Lucky Man.