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Mostrando las entradas etiquetadas como amor

Nauseas.

Que asco de amor. Nauseas me da. He tragado tanto amor que voy a vomitarlo. Apartaos, no os salpique, que el amor a medio digerir deja manchas difíciles de quitar.

Minusvalía emocional o coleccionismo de fracasos.

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De minusválidos emocionales o coleccionistas de fracasos, como los (nos) llama una querida amiga mía. Y es que cuando más se echa de menos una adecuada adaptación emocional es precisamente cuando llega tarde para salvarte de otro estrepitoso fracaso. Es triste enfrentarse a un nuevo fracaso (emocional siempre y sentimental en el caso que nos ocupa), y entender que la responsabilidad (la mal llamada culpa) es sólo de uno mismo. Aceptarlo es duro. Empatizar con el sufrimiento del otro es más duro aún cuando sabes que su dolor es efecto de tu ineptitud emocional. Quizás la minusvalía emocional consista en, identificando, entendiendo, controlando las emociones, no actuar para el beneficio común, no exteriorizar el sufrimiento propio y dar la oportunidad al otro de que sea él quien pueda elegir si quiere o no sufrir según le convenga o compense, que materializado el fracaso no se sienta engañado, estafado, utilizado, violado, fracasado también en definitiva. Llegar al sentimiento de fracaso...

A quemapiel.

"Te quiero" a bocajarro. Rodeado de brazos y piernas, rodeado de ti, rodeado de besos, jadeos, sudor, caricias, saliva, mordiscos, deseo, contorsiones, ansiedad... Y disparas un "Te quiero" a bocajarro, "Te quiero" a quemapiel, "Te quiero" sin previo aviso, "Te quiero" veinte veces, "Te quiero" en voz alta y en voz baja, "Te quiero" a media luz, "Te quiero" debajo de ti, "Te quiero" a secas y a húmedas, "Te quiero" con el pelo suelto, "Te quiero" los fines de semana, "Te quiero" ahora, "Te quiero" sin nada, "Te quiero" como por casualidad, "Te quiero" como soy, "Te quiero" mientras me soportes, "Te quiero" media hora, "Te quiero" si no me miras, "Te quiero" aunque me hagas llorar, "Te quiero" no sabes por qué, "Te quiero" con fondo naranja, "Te quiero" deprisa, "Te...

Ecos.

Ecos de un grito casi olvidado que sigue rebotando en las paredes de una habitación cerrada. Ecos que, tras el descuido que resquebraja los muros, escapan expandiéndose por la casa. Ecos que con cada golpe se debilitan gimiendo contra la muerte cierta que les espera en el vacío intermedio. Ecos que hacen vibrar el cristal de las ventanas mal cerradas. Ecos de fantasías conformistas, de complacientes ilusiones , de alegrías infinitesimales, de orgullos pisoteados , de locuras adolescentes , de esperanzados perdones, de consentidas insensateces, de maletas de plástico negro , de estúpidos remordimientos , de tatuajes en las entrañas , de falsas convicciones, de devastadoras derrotas, de efímeras reconquistas, de batallas ganadas, de guerras perdidas... Ecos que al fin y al cabo no son más que ecos, ecos, ecos ...

Vientre. Vértigo.

Vientre. Vértigo. Nunca vi tan claramente como anoche lo hice con mis manos. Las formas desbordaron todo equilibrio posible. Acercarse a la vida, inevitable paso atrás y… vértigo. El centro del universo en mi mano. La fuente en mi mano. El sol padre hecho madre bajo mi mano. Te quiero no decir que te quiero. Esta muerte parece pasión. Ese abismo parece ombligo. Si la vida fuera tu vientre quién muriera a este estar nacido, ¿para nacer otra vez?

Ítaca.

Yo tampoco sé a dónde voy. Quizás sea esa la verdadera cordura. ¿Dónde está mi patria? ¿Dónde está mi felicidad? Yo no quiero viajar atado al mástil. No sé por qué no debo desviarme de un camino que no sé a dónde me lleva. Yo quiero escuchar el canto de las sirenas de cerca. Yo no entiendo de estrellas que me guíen, ni de penélopes que me esperen. Ni siquiera sé qué hago embarcado en esta odisea. Me vi de repente en medio del mar sin otra opción que navegar. Nadie me dijo cuál era mi destino, ni me dio el rumbo a seguir. Entre idas y venidas, de vez en cuando, veo una isla que ya conozco. He descansado otras veces allí. Su bahía es grande y buen refugio. Es familiar, siempre lo es. Pero nadie me (re)conoce allí. Las tormentas no se atreven a entrar, la costa me arropa. Las bodegas ya están llenas de nuevo. Y me voy con la sensación de dejar algo mío atrás. Nuevos puertos, nuevas gentes, vientos fuertes, calmas chichas, mares cálidos, ocasos tranquilizadores, cabos fieros, océanos fríos...

Con el corazón en la maleta.

En poco más de tres años ya he tenido tres mudanzas. Lo peor es que en cada una de esas mudanzas había una maleta reservada al corazón. En el año y poco que llevo viviendo aquí, y eso es lo más curioso de todo, aún no he tenido tiempo de deshacer la maleta en la que llevo el corazón.