miércoles, 27 de agosto de 2008

Minusvalía emocional o coleccionismo de fracasos.


De minusválidos emocionales o coleccionistas de fracasos, como los (nos) llama una querida amiga mía. Y es que cuando más se echa de menos una adecuada adaptación emocional es precisamente cuando llega tarde para salvarte de otro estrepitoso fracaso.

Es triste enfrentarse a un nuevo fracaso (emocional siempre y sentimental en el caso que nos ocupa), y entender que la responsabilidad (la mal llamada culpa) es sólo de uno mismo. Aceptarlo es duro. Empatizar con el sufrimiento del otro es más duro aún cuando sabes que su dolor es efecto de tu ineptitud emocional. Quizás la minusvalía emocional consista en, identificando, entendiendo, controlando las emociones, no actuar para el beneficio común, no exteriorizar el sufrimiento propio y dar la oportunidad al otro de que sea él quien pueda elegir si quiere o no sufrir según le convenga o compense, que materializado el fracaso no se sienta engañado, estafado, utilizado, violado, fracasado también en definitiva. Llegar al sentimiento de fracaso puede no ser más que una consecuencia de esta minusvalía, cuando de haber actuado de una forma emocionalmente inteligente (que a mí eso de la inteligencia emocional ya me suena a un invento sujeto a las modas como otro cualquiera) se hubiese elaborado el desamor como una consecuencia natural del propio desarrollo emocional. Pero… ¿Más vale tarde que nunca? ¿Entender todo esto es un punto de partida para paliar las devastadoras consecuencias de una negación absoluta de cualquier sentimiento doloroso? ¿Se puede "curar" el daño causado por el miedo al dolor cuando lo que ha ocasionado es precisamente el dolor que tanto temíamos? Y por otro lado: ¿Quién dicta lo que es emocionalmente inteligente?

Es sorprendente que la experiencia no nos sirva para adelantarnos de una forma sana y previsora a las posibles futuras adversidades y por el contrario nos sirva para negarnos los beneficios que puede suponernos una experiencia futura si con ello evitamos el posible sufrimiento, sin darnos cuenta, claro, del error que esto supone.

Mi cuerpo, mis sentidos, mi cerebro, han aprendido qué situaciones son propicias para un posterior sufrimiento. Mis entrañas me alertan ante una situación que en principio deseaba. Al fin y al cabo yo no conozco mis emociones si no es a través de mi cuerpo. Mi cuerpo actúa de forma automática ante cada nueva situación según ha aprendido con su experiencia anterior. Inconscientemente, y desde el mismo instante en que me enfrento a algo nuevo, mi cuerpo entra en estado de alerta y me hace sentir determinada emoción, antes de que ni siquiera me haya dado tiempo a analizarla y elaborarla racionalmente. Nuestros cerebros cambian con cada nueva situación emocionalmente significativa haciendo que las conexiones sinápticas entre nuestras neuronas se refuercen, cambien, se debiliten o desaparezcan. Aquel fracaso se quedó grabado en mí, y no es una forma de hablar. Cada uno de los anteriores fracasos lo hizo físicamente. ¿Entonces por qué sigo equivocándome? Éste es el sino del coleccionista de fracasos. ¿Por qué? Si preguntas a cualquiera si es uno de estos coleccionistas probablemente te dirá que sí, que para eso somos humanos y nos gusta tropezar una y otra vez con esa y no otra piedra.

Hay alguna teoría por ahí que dice que cuando intentamos no repetir un fracaso focalizamos toda nuestra atención en la dinámica del fracaso mismo, con lo que aprendemos a fracasar mejor aún, reforzando el patrón de conducta que nos lleva al fracaso. Yo comienzo a pensar que llega un momento en el que aprendemos a disfrutar de los fracasos, y que en cierto modo llegamos a buscarlos para disfrutar de ese estado de melancolía al que nos hemos acostumbrado, en el que nos sentimos seguros porque es un lugar conocido en el que ya hemos aprendido a desenvolvernos.

Visto lo visto y teniendo muy claro que las emociones no son más que unas herramientas con la que nacemos, como miembros de una especie, para adaptarnos al medio en el que vivimos, que funcionan de forma automática, aunque después se hagan conscientes, pero que sentiremos del mismo modo las racionalicemos o no, quizás lo mejor sea no pensar demasiado. Cada día estoy más convencido que el mayor error de la evolución humana, el mayor fracaso, puede ser precisamente el que consideramos el mayor éxito: Tenemos un cerebro demasiado desarrollado, y éste es el que nos está perdiendo como especie y como individuos.

Entre razonar o actuar según mis instintos al enfrentarme al futuro yo me decanto por dejar de darle tantas vueltas al coco (y digo tantas porque alguna habrá que darle) y hacer lo que deseo y me apetece. Me decanto por sentir más y pensar menos. Es posible que no me vaya bien, o todo lo contrario, pero dado que hasta el día de hoy mi cerebro no ha ayudado mucho, prefiero seguir los dictados de las entrañas que tengo por debajo del cuello. Y sobre todo los de mi aparato digestivo. Pero ese es ya otro tema, un tanto delicado, sobre el que quizás un día, con menos luces, escribamos algo.

Aunque bien pensado... ¿No es todo esto pura y simple reflexión? Joder, qué despropósito, qué fracaso. Ya me he emocionado ¿Ves? Imposible descabezarse (descorporarse).

lunes, 11 de agosto de 2008

Un segundo.

El agua empujó la espuma y la lanzó al vacío desde mi pecho. La vi caer desde el borde de mis párpados a cámara súper lenta, como esas cámaras que usan para mostrarnos la sangre salpicando en el traje de luces cuando el estoque atraviesa al toro, como esas que usan para que no nos perdamos las gotas de sudor saltando del rostro trémulo del futbolista al césped al rematar de cabeza el balón. Sentí una familiar sensación de vértigo. La deforme bola de espuma iba describiendo un leve giro hacia adelante mientras se precipitaba lentamente hasta estrellarse contra la fina capa de agua que cubría el fondo de la bañera. Se extendió sobre la superficie deslizándose con la corriente. Y se fue por el sumidero.

domingo, 10 de agosto de 2008

Ciega, pero justicia. Confianza, pero no ciega.

¿Justicia? Ciega, pero justicia. A medias, pero justicia. Lenta como siempre, pero justicia.

Fui por el camino de los honestos... Y no perdí. Hoy puedo decir que de nuevo he recuperado mi escasa confianza en nuestro sistema judicial. No es perfecto, es difícil que ningún sistema lo sea, pero hoy sigo confiando en él. Los miserables, por esta vez, no se han llevado el gato al agua.

Ninguna prueba irrefutable, ningún testigo, pocas esperanzas, y sobre todo la determinación de no permitir que un cromagnon se saliese con la suya. Con esto bastó para que, si no se impusiera la verdad, al menos sí la duda razonable.

A pesar de que los procesos de razonamiento debían ser algo distintos en los tiempos de las cavernas la justicia es tan ciega para el cromagnon como para el resto de los homo sapiens, y a los dos se les respeta la presunción de inocencia.

No necesité testigos falsos ni mentiras perfectamente hiladas. No estoy satisfecho porque he perdido mucho dinero, pero mi conciencia está absolutamente tranquila. Probablemente, si me hubiese comportado como el embustero que estuve tentado de ser, hoy tendría una cuenta bancaria mucho más abultada, y no sería injusto, pero sí deshonesto. ¿Cómo me sentiría entonces? ¿No estaría igual de tranquilo? ¿Sería más feliz? ¿He sido tonto?

El hombre de cromagnon se fue de rositas porque no hay pruebas de su ineptitud y sólo la pagó a medias. Para mí, por tanto, sólo se hizo justicia a medias.

No he conseguido lo que me hubiese gustado, pero sí lo que razonable y honestamente se podía conseguir.

La honestidad sigue siendo un valor vigente y reconocido... Por el momento.