martes, 20 de mayo de 2008

Tocan a muerto.

Las campanas tocan a muerto. Las nubes pasan despacio bajo el cielo azul de las once de la mañana. El viejo reloj, parado, observa desde la torre de la colegiata. Me asalta un recuerdo inventado de mi padre a sus cinco años correteando por la plaza en un domingo de fiesta. O me recuerdo a mí mismo. Y pienso en lo extraordinario del error que es la vida. Lo natural es no estar. Nos pasamos media eternidad sin existir, y muertos la otra mitad. Y en medio la anécdota de una vida casual. Siempre, claro, que alguien nos piense inexistentes, vivos, o muertos. Nos entristece la pérdida de anecdóticos seres amados, pero lo único que hacen, y que nosotros, anecdóticos, también haremos, es volver al estado natural del que partimos. Deberíamos entonces alegrarnos de haber coincidido en este momento de la eternidad con esas otras anécdotas que nos han hecho sentir relevantes aquí y ahora, y disfrutar de este instante regalado de existencia.

Las campanas, como un despertador inoportuno, nos abren los ojos. La vida no tiene sentido ni explicación, la muerte sí. Darnos cuenta de tal simplicidad es la causa real de nuestra tristeza. No estamos tristes por quien se va, estamos tristes porque nos quedamos sin una de las pruebas de que la vida sea un hecho trascendente más allá de nosotros mismos.

Esta noche sal a la calle, al balcón, a la azotea, siéntate, respira hondo, relájate, y mira al cielo.

miércoles, 14 de mayo de 2008

No somos iguales.


Queda confirmado. Las mujeres no son iguales que los hombres. El Tribunal Constitucional ha mandado hoy a tomar por culo el artículo 14 de la Constitución Española avalando un mayor castigo penal para los hombres que para las mujeres por un mismo hecho y, por tanto, ya no todos los españoles somos iguales ante la ley; a los hombres se nos discrimina abiertamente por razón de sexo.

viernes, 2 de mayo de 2008

Camino verde.

Siete menos cuarto de la mañana. Play. De la cama naranja al duro asfalto gris. Obertura a ritmo de pedaleo tranquilo pero alegre. Un pequeño rodeo. Me gusta pasar por delante de la terraza de mamá. Recorro el viejo paseo en el que de niño las bicis eran naves de Galáctica. Sorteo el primer atasco. La dulce voz de Las Flores Azules blanquea el negro rugir del autobús rojo. Delafé canta mi viaje hacia la rutina como si estuviese sentado en la barra. Los latidos de Facto animan los pedales. Poesía de lo cotidiano. Relleno por unos segundos cada vacío que me encuentro entre las peceras con ruedas de las que hoy reniego. Peceras con un sólo pez detrás del cristal. Luces rojas, blancas, amarillas, verdes... Y el sol. De frente. Tata Inti nos saluda. Y por fin el camino verde rumbo este. Éste que soy yo. Frío por fuera. Sudando por dentro. Un oasis intenta volar en el barrio de los ricos. El coche celeste de mi vieja amiga aparcado donde siempre. Lo cruzo sin pena y con gloria. Estoy contento y voy tranquilo, no tengo prisa. Debajo del puente se estanca la polución irrespirable que no me queda más remedio que respirar. Entre jardines me alejo de la ruidosa cinta transportadora de almas calladas. Inclino la cabeza bajo las caricias de los árboles. Amanece brillante un avión desde la dos-siete hasta las nubes, junto al sol que hoy no derretirá sus alas, ¿a Barcelona? Poquito a poco... Sonrío. Pero alguien mira. El tipo del maletín observa extrañado, y sonrío más, perderá el tren. De repente la rosa de Ofelia perfuma mis recuerdos. Y ella, con nombre falso, también sonríe. Se estira tocando una ilusión... que ya está llegando. Y su sonrisa contagia mis ruedas. Y zigzagueo entre las líneas blancas, sin tocarlas. Y me pregunta si me gustaría ser papá. Y juego. Y sonrío más. Y canto. Me aparto para la chica que siempre va contramano. Pasa. La niña mira a su mamá desde la puerta de la guarde. Hoy todos respetan el paso de bicicletas. Para mirar mis dientes al pasar, quizás. Yo paro aquí. El camino verde sigue, pero yo paro aquí.