lunes, 15 de octubre de 2007

Culpable.

Reconozcámoslo: los humanos, unos más que otros, somos la gran enfermedad del planeta tierra.

En 2004 Estados Unidos ostentaba más del 25% del consumo total mundial de petróleo, más de 13 veces el consumo de España que era el 17 de la lista en ese mismo año (cosa que tampoco es para estar orgullosos). Y os recuerdo que Estados Unidos no ha ratificado el tratado de Kyoto.

Es muy difícil saber cuánto se contamina en actividades tan desgraciadamente cotidianas como las guerras, fundamentales por otra parte para las economías de algunos países. Pero investigando un poco, calculadora en mano, y aunque en un principio la disparidad de cifras según las fuentes hacen que las cuentas no cuadren (a saber lo que no nos dicen) te vas dando cuenta de algunas cosas interesantes que parecen bastante claras.

Según Michael T. Klare (profesor de Paz y Estudios de Seguridad Mundial en el Hampshire College) el consumo de petróleo por soldado estadounidense al día es de 16 galones (1 galón norteamericano son 3’785 litros). Esto supone que sólo con el despliegue en Oriente Medio (162.000 soldados en Iraq, 24.000 en Afganistán y 30.000 en los alrededores) el ejercito de los Estados Unidos consume 3’5 millones de galones de petróleo al día. Al año suponen 1’3 miles de millones de galones. Pero nuestros aliados no están sólo en oriente medio, y hay informes (LMI Government Consulting) que sugieren que el Pentágono podría consumir 340.000 barriles (14 millones de galones) cada día. 320.000 barriles según el Energy Bulletin de febrero de 2007. Esto supone que sólo el Pentágono consume casi lo que un país entero como Iraq y más de lo que consumen países como Portugal o Kuwait.

Según estos datos el Pentágono es el mayor consumidor individual de petróleo del mundo. Y curiosamente todo esto se gasta en controlar su principal fuente de abastecimiento de petróleo. Cosa que tendría poco sentido de no ser por los beneficios económicos que reporta la industria de la muerte y la destrucción (eufemísticamente llamada de defensa). Es complicado hacerse una idea de lo que esto supone con respecto al efecto invernadero.

A pesar de todo lo anterior, últimamente, siempre hay quien que se empeña en hacerme sentir culpable del cambio climático porque no tiro el tetrabrick de la leche en el cubo correcto. Como si no tuviésemos ya suficientes problemas de los que preocuparnos, ahora también nos quieren cargar este muerto a nosotros. A lo mejor así, mientras nos dedicamos a reciclar, dejamos de pensar en por qué lo estamos haciendo.

Pero no seáis malos y reciclad. Que baje el consumo de petróleo y de esta forma a Estados Unidos les salga un poco más baratito el combustible, no vaya a ser que tengan que aparcar sus aparatos de guerra y no puedan defendernos de los ogros que pueblan el mundo.

En fin, que siendo justos, y dejando a un lado mis berrinches, es cierto que cada uno tiene que poner su granito de arena. Si no lo habéis hecho aún os sugiero que veáis el documental de Al Gore, al que por cierto acaban de concederle el Nobel de la Paz por su labor contra el calentamiento global, "Una verdad incómoda". A mi, como a muchos otros, no me hace demasiada falta que Al Gore me convenza de nada. Yo respeto el medio ambiente por cojones; porque resulta que lo que menos contamina es lo más barato, porque si quiero pagar la hipoteca tengo que coger menos el coche y más la bici, apagar las luces que no necesito, gastar menos electricidad, menos agua, menos gas, menos tinta, menos papel y menos de todo lo que me cueste más de un duro. Y lo siento mucho, pero si en mi piso pongo un cubo para cada tipo de basura no quepo yo y tengo que irme a vivir a casa de mi madre.

Aunque yo haga todo lo que domésticamente esté en mi mano, hay cosas como la utilización de energías y tecnologías renovables, transportes públicos más eficientes, captura y almacenamiento de CO2, legislaciones más severas con los agentes contaminantes, etc., que no dependen directamente de mí. Pero para esto, ¿dónde está la voluntad política?

Como siempre los que más sufren el cambio climático son los que por su situación económica y política viven en condiciones miserables y lo pierden todo, pasan hambre, tienen que irse de su tierra, o mueren cuando llegan consecuencias como las inundaciones, los huracanes, las sequías o las temperaturas extremas. Eso si tienen la suerte de que no les hayan matado directamente las balas de los soldados del petróleo.

Una amiga, hablando del tema, me recordaba una teoría que en psicología social se estudia muy de pasada. Se trata de la teoría de la invulnerabilidad. Un mecanismo de defensa que nos ayuda a avanzar en nuestros propósitos sin que nos paralice el miedo, pero que al mismo tiempo ralentiza nuestra reacción ante los cambios que claramente nos muestran las consecuencias venideras. "Eso no me va a pasar a mí". No podemos imaginar que un huracán devaste ciudades enteras en España, por ejemplo. Pero tampoco creía el gobierno de los Estados Unidos, ni lo imaginaban los directamente afectados, que el cambio climático alimentase al Huracán Katrina hasta arrasar Nueva Orleans y causar la muerte a 1.836 personas.

No nos creamos invulnerables. Estamos avisados. Ya estamos viviendo las consecuencias. Y ahora, ¿qué más puedo hacer yo? Puedo, por ejemplo, pensarme muy bien a quién voy a votar en cada una de las próximas elecciones. Porque son los gobiernos de la mano de las grandes multinacionales, más preocupados por los balances económicos, los auténticos culpables de que no se haga gran cosa para cambiar la situación. Y tú y yo lo somos en la medida en que les hacemos llegar o permanecer en el poder. Demostrémosles que se equivocan.

Y sí, claro que sí, queramos o no, formamos parte del sistema. Pero joder, yo sólo soy una hormiguita, un individuo, un superviviente, y por supuesto que tengo mi parte de responsabilidad en el asunto, pero... ¿De verdad soy yo el culpable del cambio climático?

domingo, 7 de octubre de 2007

A bicyclette.


Un sábado no es lo mismo si viene después de una corta noche de viernes, ¿verdad? Está bien levantarse muy tarde, preparar desayuno para dos, disfrutar de lo poco que resta de mañana, comer unas tapas en el bar del barrio e irse a dar una vuelta en bicicleta por el parque. Y si para colmo además estás acompañado por alguien que sabe soportarte... Perfecto.