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¿A quién van a creer?

Las ocho de la mañana; el despertador se ha empeñado en dejarlo bien claro. Se levanta dejando otro cuerpo y otra alma que rezan entre las sábanas porque este no sea un día más. Desde la cama se oyen sus pasos hasta el cuarto de baño: Una limpieza física y un despertar de los sentidos. Siempre sale con el pelo y la cara mojados. En unos minutos el aroma del café ya invade la casa. No se preocupa en exceso de no hacer demasiado ruido. El café cae en el vaso y viaja hasta el despacho donde las teclas del portátil comienzan a murmurar ya desde temprano. Ese ordenador de ha convertido en un arma que dispara textos y canciones más hirientes que cualquier bala. Y desde la cama el desasosiego se derrama por el dormitorio y lo desborda entre las sombras del amanecer. Un desasosiego iluminado por la ventana que se abre para ver dónde está la ropa y no se cierra, ¿recordará que hay otra persona en la cama? Pasos ahora hasta la puerta de la calle, portazo y más desasosiego. Habrá ido por el pan. ...

Ecos.

Ecos de un grito casi olvidado que sigue rebotando en las paredes de una habitación cerrada. Ecos que, tras el descuido que resquebraja los muros, escapan expandiéndose por la casa. Ecos que con cada golpe se debilitan gimiendo contra la muerte cierta que les espera en el vacío intermedio. Ecos que hacen vibrar el cristal de las ventanas mal cerradas. Ecos de fantasías conformistas, de complacientes ilusiones , de alegrías infinitesimales, de orgullos pisoteados , de locuras adolescentes , de esperanzados perdones, de consentidas insensateces, de maletas de plástico negro , de estúpidos remordimientos , de tatuajes en las entrañas , de falsas convicciones, de devastadoras derrotas, de efímeras reconquistas, de batallas ganadas, de guerras perdidas... Ecos que al fin y al cabo no son más que ecos, ecos, ecos ...

Muerte.

Tengo una imagen grabada en la cabeza. Un coche de la Guardia Civil corta el tráfico. Un poco más allá, en el suelo, una sábana blanca cubre lo que parece un cuerpo. Un parapente permanece arrugado sobre la valla que bordea la carretera, y junto al cuerpo una silla de vuelo. El coche fúnebre espera a un lado. Cuatro pilotos dan vueltas por el aterrizaje como quien busca desesperádamente una joya perdida, una razón. Serios, sin lágrimas en los ojos. No hay palabras, no hay preguntas. La montaña está en silencio. El sol se acerca al horizonte. Los demás vuelan sobre la tarde más silenciosa que recuerdo. No lo saben, ni queremos que lo sepan. La muerte ha hecho acto de presencia. No estaba invitada, pero no nos sorprende su visita. Ya la vimos de cerca antes, pero nunca se paró por aquí. Desde el cielo a la tierra; no puede ser de otra manera.