lunes, 29 de agosto de 2011

Mitad sureste de España en moto.

Prólogo:

Viajar a centro Europa; ese era el plan. Pero por unas u otras razones la cosa se quedó en nada. Aunque ahí estaba nuestro amigo Bruno (Moby) que nos había insistido más de una vez en sus visitas a Sevilla en que fuésemos a verle a su casa alguna vez. Y no nos hizo falta que nos insistiese demasiado porque estábamos deseando rodar por esas tierras que nos mostraba en sus relatos de este foro. El caso es que entre que sí que si no… se nos echó el tiempo encima y no tuvimos claro que íbamos ni cómo íbamos hasta pocos días antes. Por tanto, con las dudas que plantea cualquier viaje, ponemos rumbo a Castellón. Cierto es que algunos queríamos más y teníamos metido en la cabeza prolongar el viaje unos días y unos kilómetros.




El viaje empieza con la noticia, sin previo aviso para algunos, de que el grupo será, sí o sí, más numeroso de lo esperado, con los inconvenientes que esto conlleva y con la preocupación de que esto pueda suponer abusar de la hospitalidad de nuestros anfitriones en Oropesa. Pero con paciencia y buen humor nada supone un gran problema.

Hacia Castellón iríamos Ángel, Manuel y Alison en dos Harley Davidson Sporster 883, Anabel y Ángela en un Seat Ibiza rojo Ferrari, y Robi, Eva y éste que os escribe en tres Royal Enfield Bullet 500cc.


Ya varios días antes de la partida fuimos todos preparando las motos. Ya sabéis; acondicionarlas para el voluminoso equipaje, depósitos llenos, neumáticos con presiones adecuadas, suspensiones regladas, cadenas tensadas y engrasadas y, en general, todas perfectamente revisadas por el mismísimo Doc.

O sea, que nada más empezar nuestras vacaciones, tras dejar nuestras obligaciones aparcadas, el sábado 13 de agosto comenzó este viaje que os voy a contar ahora en una crónica que ya os aviso que no va a ser corta.


Día 1. Sábado 13 de agosto:



A las 8:00 de la mañana nos dimos cita en la ya conocida Venta Curro para desayunar y salir a las 8:30. Esta vez el retraso iba a ser de sólo un cuarto de hora y no tardamos en echarnos a la carretera. No podía faltar el primer susto, que ya se está convirtiendo en un clásico, cuando la altura de la Bullet hace que Eva vuelque nada más salir del aparcamiento. Las grandes alforjas evitan cualquier daño serio, pero el tobillo de Eva va a resentirse durante algunos kilómetros, nada importante. Lo justo para recordarnos que hay que estar atentos.




La ruta escogida para llegar a Castellón intentaba ser del gusto de todos a riesgo de no ser del gusto de nadie. Salíamos de Sevilla por la A-4 hasta Linares, donde nos desviaríamos por la N-322 hasta Requena pasando por Albacete para enlazar con la A-3 hasta Valencia y, más tarde, con la E-15 hasta Oropesa del Mar en Castellón. Un total de 730 km y un tiempo previsto, según Google Maps, de nueve horas y media más las paradas.

Un total real de trece horas de viaje incluyendo paradas cada aproximadamente 200 km para repostar y refrescarse y una parada para comer en Alcaráz, donde nos encontramos a un numeroso grupo de moteros que en sus grandes y excesivas ruteras iban desde Canarias hasta los Alpes (ningún mérito teniendo en cuenta las monturas que llevaban: Salitas de estar con ruedas y todas las comodidades).

En definitiva fue una ruta que no cansó a nadie y que se hizo en el tiempo previsto. Aunque como siempre no faltó quien, para no perder la costumbre, se quejara amargamente de lo jodido de no ir siempre por una aburrida autovía. Pero sinceramente yo creo que ya que vas a viajar tantos kilómetros lo mínimo que puedes hacer es disfrutar del camino, los paisajes, pueblos e imprevistos que te ofrecen las carreteras secundarias. Viajar no es llegar a un destino, sino recorrer el camino. Y esto es un viaje en moto, no en autobús. Qué carajo, ¡estamos de vacaciones!





Una ida sin incidencias que destacar. Alguna obra que hizo más lento algún pequeño tramo, algunas gotas de lluvia que ni siquiera nos mojaron, algún camión difícil de adelantar y algún insecto (creo que era un intrépido y veloz abejonejo) que se debió salir de su trazada y vino a chocar entre mi casco y mis gafas en plena frente, con el consiguiente e inmediato dolor e inflamación que se aliviaron con el frío de una lata de refresco recién comprada y una buena dosis de After Bite. Este abejonejo provocó la ruptura del grupo y alguna que otra riña entre algunos de sus miembros a cuenta de la organización y la disciplina de grupo, nada importante. Aunque Doc y yo fuimos amenazados por una dama con unos azotes nocturnos que no hubo manera de cobrar (ya me imaginaba yo a la dominatrix enfundada en látex blandiendo su implacable fusta).

Llegamos a Oropesa a las 21:45, donde nos esperaban Bruno y Lourdes que, pensando en todo, nos reservaron mesa en un restaurante cercano. Rápidamente dejamos los bártulos y las motos en nuestro alojamiento, muy amablemente cedido por nuestros anfitriones, y nos fuimos a cenar a la mismísima orilla del mar Mediterráneo a la luz de una flamante luna llena que nos recargó las pilas. Inmejorable manera de empezar las vacaciones.




Tras la cena nos vamos a los apartamentos, a pie de playa, perfectamente preparados para nuestra llegada. El merecido descanso sería de lo más reconfortante.


Día 2. Domingo 14 de agosto:

Este día dejamos aparcadas las motos y decidimos descansar de las dos ruedas para irnos en dos coches a Valencia y hacer una visita que algunos no querían dejar pasar: L’Oceanogràfic.




El calor en Valencia estos días rondaba los 34 grados pero acompañado de una humedad que hacía insufrible andar por ahí.

El caso es que pasamos el día viendo toda clase de bichos subacuáticos con un bochorno que no voy a tardar poco en olvidar. Salimos de las instalaciones sólo a comer a un centro comercial cercano y nos vamos no demasiado tarde, esta vez a Vila-Real, donde Doc haría algunas reparaciones a la habanera de Moby que había decidido no arrancar desde justo unos días antes de nuestra llegada, quizás temiéndose la que le esperaba. Fue divertido ver cómo el carburador salía disparado de su alojamiento mientras el humo lo invadía todo y Robi saltaba profiriendo algún que otro “piropo” mientras comprobaba la integridad de todas las partes de su cuerpo.




Resultó ser un desajuste en el encendido que no sería difícil de solucionar. Y ya de paso vemos la Vespa y la Bultaco Mercurio que Bruno ha restaurado con muy buen gusto y cariño. Tres joyas.




Tras esto las señoras y señoritas se fueron a Oropesa y nosotros nos fuimos a Benicassim a comprar unas pizzas para la cena y a tomarnos un par de cervecitas mientras admirábamos los bípedos monumentos de la zona esperando los redondos y coloridos manjares.

Tras la cena, y entre puros y ron, trazamos sobre el mapa la ruta que nos entretendría al día siguiente.




Día 3. Lunes 15 de agosto:

Volvemos a las motos. Y lo hacemos a lo grande para recorrer el sorprendente Parc Natural de la Serra d’Espadá. Como la Habanera aún no está lista Bruno monta la EFI Classic de Juan.

Aquí es cuando yo empiezo a divertirme. Parsi no puede contenerse y se lanza sin piedad contra las curvas. Asfalto en perfecto estado y divertidísimas carreteras con paisajes de ensueño. Yo aumento mi ritmo y paro y espero al grupo de vez en cuando para hacer algunas fotos.



Subimos por Onda y paramos en Alcudia de Veo.





Seguimos por Segorbe hasta Navajas, un sitio con una arquitectura digna de ver. Es aquí donde paramos a comer (escaso y caro según el parecer de la mayoría).






Hacemos un par de paradas más: Un baño ya a última hora de la tarde en el Salto de la Novia y foto en la Fuente de los 50 Caños, donde Doc “informó” a las niñas de que si bebían de los cincuenta caños encontrarían al perfecto novio. Imaginaos a las chicas durante el viaje de vuelta pidiendo, rogando por dios y por todos los santos, que parasemos a evacuar todo aquel líquido.






La vuelta por Castellnovo, Almedijar, Ain, Eslida y Artana sería suficiente para hacer que tantos kilómetros hasta Castellón hayan valido la pena. Este tramo es quizás uno de los que más he disfrutado en todos estos días. Carreteras muy estrechas y reviradas que te ofrecían espectaculares vistas de boscosas montañas salpicadas por pintorescos pueblos y viejas fortalezas que, a la luz del ocaso, y con las nubes que se forman sobre las cumbres, le daban a todo este paisaje un aire de misterio y tranquilidad sólo roto por el sonido de nuestras máquinas.






Un día espectacular por los paisajes y las reviradas carreteras de la Sierra de Espadán. No pude evitarlo: Nada más bajar de la moto tuve que ir a abrazar y arrodillarme ante Bruno para agradecerle esta increíble ruta. Después de estos 172 km estaba eufórico y me puse a repartir abrazos a diestro y siniestro.

Para terminar el día vamos a cenar a casa de los padres de Lourdes, donde la hospitalidad de estos andaluces nos hizo sentir una vez más como en nuestra propia casa. Bruno no se cortó a la hora de sacar sus mejores vinos y nosotros, un tanto sonrojados por las atenciones, no pudimos rechazar tanta amabilidad y cortesía.




Un poco tarde nos vamos a descansar de un fantástico día de impresionante ruta. Pero antes un par de insensatos se escaparon en plena madrugada a disfrutar de una agradable charla, fumando unos puritos, y dándose un chapuzón a la luz de la luna en las tranquilas y cálidas aguas del Mare Nostrum. Además nos acompañó en la velada un simpático perrito que debía ser primo cercano de Lindo Pulgoso a juzgar por las picaduras con las que amanecí al día siguiente y que prolongarían sus efectos a lo largo de todas las vacaciones (aún me estoy rascando).

La provincia de Castellón empezaba a sorprendernos muy gratamente. No nos la imaginábamos así. Era hasta ahora una absoluta desconocida para nosotros.


Día 4. Martes 16 de agosto:

Este día nos lo tomamos con algo más de calma y con ganas de descansar un poco. De modo que nos levantamos algo más tarde y unos nos dedicamos a poner un poco de orden en el piso y los equipajes, hacer una compra para ahorrar algo de pasta y poder comer y desayunar en casa de vez en cuando. Con el tiempo que nos sobra nos vamos a la piscina de la comunidad, que está muy bien y nada masificada. Mientras tanto otros terminan de ajustar la moto de Bruno, que resultó haber adelantado el encendido y que Doc reparó el tío a ojo dejándola fina fina.

Tras comer en casa nos dirigimos a Villa Real donde Bruno nos invita a ver su preciosa casa (esta pareja tiene lo que se llama buen gusto) y justo después quedamos con el dueño de aquella bicilíndrica que en su día nos enseñó Moby, ¿os acordáis?









Tras contemplar esta chorreante reliquia cambiamos nuestras balas por la Vespa y la Mercurio para ir con ellas a merendar al maset de la familia de Bruno, que entre una cosa y otra acabó siendo una cena. Toda una experiencia montar en estas máquinas perfectamente cuidadas y puestas a punto. Estábamos felices durante este paseo y nuestras caras lo demostraban. Robi y Doc en la Mercurio y yo en la Vespa guiados por Moby en su vieja Bullet.






Algunos se lo pasan como niños y Bruno aprovecha para enseñarnos algo que sabe que nos gustará: Sus juguetes de pequeño perfectamente conservados.






Volvemos a Oropesa y preparamos unos gin tonics que acompañamos de nuevo con unos puritos.


Día 5. Miércoles 17 de agosto:

De nuevo un día de esos que más nos gustan, o sea, 207 km de carretera y gastronomía. Y como la ruta de hoy empieza por Cabanes, Bruno nos lleva al Bar Toni a tomar el Vermú, un capricho mío.




Cruzamos el meridiano de Greenwich camino de Morella pasando por Ares del Maestrat.




Paramos en Ares y hacemos unas fotos mientras algunos toman un refresco. Unas vistas impresionantes y unos rincones que no debéis perderos si pasáis por allí.





Justo antes de entrar en Morella paramos a comer en un bar al pie de la carretera, y allí nos encontramos a uno de esos moteros auténticos que viajan con su fiel y amada montura. En este caso una preciosa Montesa Impala que sin duda sería la envidia de las más grandes ruteras. Ésta ha visitado incluso el Sahara.




La comida… Genial. Mirad si no los churrascos y la jara de vino para el “tinto” de verano.






Y después directos a visitar la preciosa y sorprendente villa de Morella, que como va a ser habitual en este viaje, nos encontramos en fiestas: Bous al carrer.








Vuelta a Oropesa por Sant Mateu con algunos divertidísimos tramos de curvas muy cerradas bajando el Port de Querol con asfalto en muy buen estado y calzada ancha de dos carriles antes de la primera toma de contacto con el Desert de les Palmes, que cruzamos por el norte desde Cabanes a Oropesa.




Y a cenar a casa de los padres de Lourdes para disfrutar de una barbacoa que nos tenían preparada ya en compañía de Juan y su familia. Y con sorpresa incluida: Bruno nos había preparado unos diplomas de asistencia a la Ruta del Levante Español, casi na.







Día 6. Jueves 18 de agosto:

Mañana tranquila en la que Robi y yo aprovechamos para poner un par de lavadoras (nosotros alargaríamos el viaje) y nos ponemos a ver un documental sobre las islas castellonenses Columbretes a las que estuvimos a punto de ir si no hubiese sido porque temíamos el calor que podíamos pasar allí (ni una sombra tienen).

Por la tarde haremos unos 70 km que tampoco nos decepcionarían. Quedamos para comer y nos vamos de nuevo a Cabanes entre las plantaciones de almendros que harán vuestras delicias las próximas navidades.



Y tras la comida tomamos rumbo a la carretera de la costa por donde circularemos junto al mar entre Oropesa y Benicassim, en uno de cuyos miradores hemos quedado con José, al que sin duda recordaréis del foro, entre otras cosas, por aquel vídeo de “Una de abarcas”.



Y todos juntos a dar un paseo por el cercano y precioso Parc Natural del Desert de les Palmes con parada para cerveza en un restaurante en todo lo alto con unas vistas impresionantes de Benicassim y vuelta por el centro del parque con carreteras estrechas y en mal estado pero con preciosos y poco transitados parajes.





Después todos se fueron a cenar con la familia de Lourdes y yo, que no podía con mi alma, me disculpé y me quedé descansando yéndome a dormir pronto. Al día siguiente la mayoría del grupo saldría temprano de vuelta para Sevilla.


Día 7. Viernes 19 de agosto:

Este es el día en el que el grupo se divide. Todos menos Robi y yo se vuelven a Sevilla, aunque alguno se fue con cara de querer quedarse. Eva y Doc han pasado mala noche y están un poco nerviosos y cansados para la vuelta, pero sonríen y tiran pa’lante.



Los que nos quedamos pasamos la mañana relajados en casa viendo la tele y poco más hasta el medio día en el que quedamos con nuestros anfitriones para dar un paseo por el casco antiguo de Oropesa, donde visitamos el castillo y paramos a comer.



La mejor comida del viaje, sin duda, en La Casa Encesa (restaurant & Espai d’Art) en la Plaza de la Iglesia de Oropesa. Un trato inmejorable en un restaurante perfectamente situado. Como hacía mucho calor en la terraza nos vamos a la primera planta a disfrutar de la brisa con unas bonitas vistas a la plaza y al mar. Empezamos con unas cervezas y unos aperitivos para seguir con una escalibada, una ensalada de escarola con salmón y queso, un arroz negro y un arroz a banda, todo regado con un vino blanco que ya nos recordará Bruno cuál era y seguidos de unos exquisitos postres y unos perfectos carajillos. Inolvidable. Sin duda el trato hace que la comida sepa mucho mejor si cabe. Un diez.










Muy satisfechos volvemos a casa a dormir la siesta y preparamos de nuevo el equipaje con la ropa ya limpia (que con tanta humedad tardó en secarse). Le damos un repasillo al piso para dejarlo medianamente en condiciones y revisamos las motos antes de la que sería la segunda parte de nuestro viaje.

Los que iban de vuelta a Sevilla nos iban informando por teléfono de sus progresos y nos llamaron para confirmar la ruta de vuelta porque andaban un poco perdidos. Tuvieron que parar muy a menudo por culpa del asfixiante calor que les acompañó. Viajaron siempre por autovías y llegaron aproximadamente en el mismo tiempo que utilizamos en la ida y sin problemas.

Para la cena se vinieron Bruno y Lourdes al piso donde tiramos de las viandas que teníamos en el frigorífico, y tras comer ligero celebramos nuestra estancia en Oropesa de la forma acostumbrada.



La verdad es que nuestra estancia en Castellón ha sido sorprendente por lo que hemos visto, y muy, pero que muy gratificante, por el trato y la hospitalidad que nos han brindado Lourdes, Bruno y toda su familia.

Bruno, Lourdes, familia… Os estamos eternamente agradecidos por vuestra acogida y aunque sea imposible ofreceros todo lo que vosotros nos habéis dado… ya sabéis dónde tenéis vuestra casa y a vuestros amigos para lo que necesitéis. Muchas gracias por todo.


Día 8. Sábado 20 de agosto:

Pues después de desayunar, a eso de las diez y media, nos despedimos de nuestros anfitriones agradeciéndoles su hospitalidad y partimos rumbo a Zaragoza. Como dijo Robi: “Miguelito: Aquí se acaban las vacaciones. Ahora empieza la aventura”.




Los dos teníamos nuestras dudas de cómo resultaría eso de viajar acompañados por alguien tan distinto y con formas tan dispares de vivir la moto. Pero qué demonios, el hombre tranquilo y el polvorilla iban a ser buenos compañeros de ruta porque los dos estaban dispuestos a disfrutar de todo lo que la carretera nos fuese poniendo por delante.

Juan, conocedor de la zona, nos preparó la ruta de ida a Zaragoza y nos facilitó los mapas con los puntos de paso. Una etapa de unos 280 km. La primera parte del camino ya la conocíamos y nos llevó hasta Morella por Sant Mateu.

En Morella hacemos una pequeña parada a la sombra para pedir ayuda telefónica a Rosa “Shiroi Hana” y que nos buscase algún hotel barato y no llegar demasiado perdidos a nuestro siguiente destino.




Desde aquí hasta que dejamos la comunidad valenciana disfrutamos de lo lindo del paisaje y la carretera pasando por Zorita del Maestrazgo y el Santuario de la Virgen de Balma y más tarde por las frescas y agradables hoces del río Bergantes.





Todo cambia al entrar en tierras mañas y el paisaje muta por completo tomando la belleza del desierto y las tierras áridas del bajo Aragón. 

Hacemos una parada en Aguaviva para comer, que estaba en fiestas, y seguimos viaje sin entretenernos mucho.



De repente parecía que nos hubiésemos perdido y metido en pleno desierto de Arizona. El sol pegaba fuerte y el calor era implacable. Los buitres giraban sobre nuestras cabezas. Sólo nos faltó cruzarnos con alguna diligencia perseguida por los sioux.



Tras parar en Albalate del Arzobispo para refrescarnos un poco seguimos hasta nuestra siguiente parada prevista: Belchite, donde teníamos ganas de darnos una vuelta por el pueblo viejo, que tras los bombardeos de la guerra civil permanece abandonado tal cual quedó entonces como una forma de recordar las consecuencias de la contienda (En este caso una manipulación más de aquel victorioso dictador que quería dejar una clara muestra de lo que podía hacer el demonio rojo. Es curioso que para esto no haya problemas con la memoria histórica).







Belchite Nuevo fue construido justo al lado de las ruinas por los prisioneros republicanos, para los que se creó un campo de concentración que se construyó allí al lado a tal efecto. Y fue en Belchite Nuevo donde ocurrió nuestra siguiente aventura. El cable de embrague de Rogustiana dijo basta. Y menos mal que lo hizo aquí, donde había alguna sombra, y no en pleno desierto.



Tras algunas deliberaciones y buscar ayuda en las proximidades, y dada nuestra nula experiencia en estas lides, decidimos contactar con el gurú de las Royal para que nos ofreciera la ayuda espiritual que necesitábamos. Doc nos iluminó sobre las posibles opciones que teníamos y empezamos por lo más fácil. Por suerte también nos habíamos preocupado de llevar algunos recambios y las herramientas adecuadas para las reparaciones más comunes.



Primero intentamos encontrar un perrillo para hacer una reparación de emergencia. No era fácil un sábado por la tarde, sobre todo teniendo en cuenta que también era fiesta en el pueblo vecino de Codo y estaba casi todo cerrado.

Empezamos por pedir ayuda en la casa que teníamos justo al lado. La familia, vencidas las primeras reticencias hacia estos extraños y sucios moteros, fueron muy amables y nos ofrecieron toda su ayuda, pero desgraciadamente no fue suficiente para nuestros fines.

El perrillo lo encontramos en un concesionario Renault en el que no estaban ni los mecánicos, pero los oficinistas nos encontraron algunos que nos podrían ser útiles. Lo malo es que a pesar de que eran perfectos para la chapuza, el cable se había salido de su posición en la caja de cambios, de modo que no quedaba otra que abrir.

Quitamos el depósito, cortamos las bridas, usamos la botella de agua caliente cortada como depósito para recoger el aceite de la caja de cambios, abrimos la caja, y colocamos un cable nuevo. Volvemos a montarlo todo, rellenamos con el aceite y… ¡E voilà! Reto conseguido.




Henchidos de satisfacción nos vamos a celebrarlo con unas hidratantes cervezas y refrescos antes de continuar con el último tramo del día.



A Zaragoza llegamos a eso de las diez y media de la noche y con mucho menos calor directos a la Plaza del Pilar.



Nos vamos al hotel que reservamos gracias a Rosa. Una habitación baratita en un hotel de cuatro estrellas muy bien situado y con descuento en aparcamiento público para las balas.

Y después de una ducha nos damos un paseo por el Tubo y nos tomamos las primeras cervezas, tapas y gins de Zaragoza antes de irnos a la cama de nuevo. Esta noche íbamos a dormir de lujo.


Día 9. Domingo 21 de agosto:

Desayunamos en Plaza de España y nos vamos directos a la Plaza del Pilar. Entramos en la oficina de información turística donde nos informaríamos sobre el alquiler de bicis y utilizaríamos el ordenador para planear la ruta del día siguiente. Hacemos la obligada visita a la Virgen del Pilar (y al propio pilar) y nos vamos paseando a la tienda donde alquilaríamos las bicis para la tarde. Y de ahí de nuevo al Tubo a comer unas tapas. Sin duda no podéis dejar de ir a tapear a este barrio.





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Recorrido en bici por el centro de la calurosa Zaragoza con parada en el Parque Bruil para remojarnos en sus fuentes tras buscar el concesionario Royal Enfield para hacerles una visita y llevar a Rogustiana al día siguiente a que le dieran el visto bueno, pero estaba cerrado por vacaciones. Nos vamos después a una heladería para hidratarnos a base de granizados de limón, y como el calor nos pudo… dejamos las bicis antes de tiempo y nos vamos al hotel a darnos un baño relajante y a descansar antes de irnos de excursión por la noche.

Para cenar nos vamos a un mejicano digno de ver que también nos recomendó Rosita y que nos llevó un buen rato encontrar a base de andar y andar (esto me costaría algunas ampollas en mis sufridos y desacostumbrados pies).




Peculiar restaurante que os recomendamos. Todo muy casero. Trato cercano y buena comida a buen precio y sin duda muy pintoresco. Es un sitio pequeño con el mostrador plagado, sobrecargado, de muñecos y de todo tipo de souvenirs mejicanos, tantos que no había manera de ver el otro lado. Hay quien creyó ver alguna linda cucaracha. El aire acondicionado, o no funcionaba, o estaba demasiado flojo, pero giraban en el techo dos grandes ventiladores que aliviaban un poco tanto calor. Cantina Mexicana Mesón de Jalisco, no os lo perdáis, en serio.

Y de ahí de nuevo a la plaza de España guiados a pie por el GPS del móvil entre calles de barrios de dudosa reputación, aunque siempre interesantes. Ya sabéis, prostitución, sexo confuso y esas cosas.

Ya en Plaza de España nos encontramos con Silvia, amiga de Robi que sería nuestra compañera de pingoneo en la noche de esta ciudad. Visitamos alguna terraza de la que nos echaron pronto y nos tomamos unas copas en el Rock’n Blues antes de intentar asaltar algún pub que a las dos de la mañana ya cerraba.





Y como ya era tarde nos despedimos de la encantadora Silvia (una pena no haber tenido más tiempo) y nos vamos a reponer fuerzas para la siguiente etapa.


Día 10. Lunes 22 de agosto:

Como es lógico no salimos muy temprano de Zaragoza y desayunamos frente a una gasolinera en las afueras en la que Robi, además de repostar, revisa nuevamente el nivel de aceite de su bala. La ventanita del nivel de aceite de mi EFI parece una foto, siempre igual. Nos esperaban unos 330 km de ruta.



La salida de Zaragoza hacia Albarracín discurre por carreteras nacionales convencionales sin nada que destacar. Atravesamos sin pena ni gloria los afamados viñedos de Cariñena. Y en Daroca me encuentro con el primo vengador del abejonejo del primer día que ataca directo a la yugular, pero sin llegar por suerte a perforarla, menos mal. Afortunadamente llegamos a la farmacia justo cuando la dependienta se disponía a cerrar y, muy amablemente, me vende un botecito de After Bite. Me pongo una dosis del amoniacado brebaje, me atavío con el pañuelo que ya no dejaré de ponerme, y continuamos camino por Calamocha. Y todo cambia a partir de aquí.

Esta es quizás la parte más aburrida y desesperante del viaje. Nos encontramos con un fuerte viento del sur que nos va a azotar a lo largo de las larguísimas e interminables rectas que discurren paralelas a la A-23 hasta Cella, por donde ya nos desviaríamos a Gea de Albarracín (me quedé con las ganas de probar su cerveza artesanal) y después a la bella Albarracín, donde pararíamos a echar un vistazo y a comernos unos señores bocadillos que nos sentarían de maravilla.





Y en la misma etapa en la que rodamos por uno de los tramos más desagradables vuelven las sorpresas. Al adentrarnos en la Sierra de Albarracín, creemos que a la altura de Royuela, no tomamos el desvío correcto y, de forma providencial, nos perdemos en plena sierra pasando por impresionantes bosques, barrancos y caminos forestales dignos de ver. Las carreteras nos sorprenden a cada kilómetro con piedras que se desprenden de las paredes rocosas, cabras, o algún que otro pequeño socavón, pero nada que pueda hacer sombra a las indescriptibles estampas y a los impresionantes paisajes montañosos y de bosques de pino autóctono de los que no dejamos de disfrutar detrás de cada curva y a lo largo de cada recta.










Pasamos, en nuestra búsqueda del camino correcto, por Torres de Albarracín, Tramacastilla, Noguera de Albarracín, el puerto de Orihuela, Griegos y Guadalaviar hasta que, camino de Tragacete, recuperamos la ruta planeada hacia Cuenca acompañados por el curso del río Júcar.

A partir de aquí la carretera vuelve a tener los dos carriles y sin perder interés se hace más rápida y segura, aunque no podemos confiarnos y tenemos que seguir atentos a las piedras y a las trazadas extrañas con las que están hechos algunos tramos de esta carretera. Roberto va cogiendo confianza en las curvas y algún susto en alguna de estas que se cierran a mitad de trazada le hace tumbar hasta rozar con la palanca de freno, lo que demuestra que los neumáticos de corte más clásico también sirven para curvear hasta echar chispas y le da más confianza aún en su máquina al hombre tranquilo. Los dos nos vimos apurados en alguna de esas curvas un tanto traicioneras.




A unos veinte kilómetros de Cuenca paramos a repostar y a llamar a Héctor, un amigo que ya estaba avisado de nuestra llegada y que se había tomado la molestia de reservarnos habitación en la buhardilla de un hostal en la ribera del río Huécar en pleno casco antiguo de Cuenca y también con descuento en aparcamiento público.




Nos reciben en cuenca Héctor e Inma, que nos acompañan al Hostal Posada Huécar, y con quienes nos tomamos unas cervezas acompañadas por esas tapas que acostumbran a poner aquí por el gañote.

Nos vamos a ducharnos y nos damos un paseo nocturno por la ciudad hasta el castillo, en la parte más alta, donde cenaríamos antes de volver a perdernos por el casco antiguo y hacer más fuertes y dolorosas a mis ampollas.

Lo mejor y más sorprendente fue que esta noche estábamos pasando frio. Cosa que agradecimos al no tener aire acondicionado en una buhardilla que durante el día se caldeaba bastante más de lo que nos hubiera gustado.



Dormimos con las ventanas abiertas de par en par escuchando el rumor del Huécar y despertándonos con las campanas de las iglesias cercanas.


Día 11. Martes 23 de agosto.

Lo primero que hago antes de desayunar es ir a comprar algo para las ampollas. Y después de desayunar e intentar prevenir el empeoramiento de mis maltrechos pies volvemos a pasear por las empinadas calles de Cuenca durante la mañana parando, claro está, a tomar unas cervezas heladas en la Plaza Mayor.





Seguimos con más calor que ayer escalando la ciudad y acabamos comiendo de menú en el castillo para después intentar comprar algunos regalos en el centro, pero resulta que en Cuenca también estábamos de feria y estaba todo cerrado. Por suerte una heladería nos acogió con los brazos abiertos para refrescarnos con nuestro nuevo vicio estival: Los granizados.

Y de nuevo a prepararse para la noche y quedar con Inma y Héctor que, tras subirnos a la parte alta de la ciudad en autobús, nos harían de cicerones y nos ilustrarían sobre la historia de este enclave con alguna que otra parada para degustar unas croquetas y un gazpacho pastor en la espectacular, por sus vistas a los cortados del Huécar, Posada de San José, justo antes de irnos a la Taberna Jovi a probar sus mojitos, una taberna con una impecable y británica decoración de lo más acorde con nuestras monturas.



Nos despedimos agradecidos a nuestros anfitriones conquenses a una hora prudente para descansar suficientemente y preparar de nuevo el equipaje.


Día 12. Miércoles 24 de agosto.

Como no nos apetecía darnos una paliza de kilómetros hasta Sevilla decidimos hacer una escala a sólo 225 km, en Almagro, sitio que Robi ya conocía y que teníamos ganas de visitar, de modo que el día antes hicimos la reserva en un hotel de tres estrellas a buen precio en las afueras del pueblo con la intención de hacer noche allí.

Nos levantamos pronto en Cuenca, con el consabido sonido de las campanas y el agua del río, y subimos con las motos al Parador Nacional y al puente de San Pablo para hacer las últimas fotos.





Y cual cervantina pareja salimos de cuenca por las hoces del Júcar rodeados de interesantes parajes y divertidas carreteras que no durarían más de unos treinta kilómetros hasta hacerse más monótonas, pero sin llegar a aburrir. Y claro, no podemos evitar parar en Mota del Cuervo para picar en un infalible reclamo turístico ante el que teníamos que fotografiarnos.



El caso es que llegamos a Almagro justo a tiempo de comer en la Plaza Mayor, sin duda el mayor atractivo de este lugar.



Otra comida de las que se recuerdan. Una tosta de impresionantes anchoas y queso y unas fantásticas croquetas regadas con cerveza muy fresquita, rematado todo con una granizada natural de sandía y un pastel de naranja muy bien decorado. Bar Aromas.





Y después a la piscina del hotel antes de descansar un poco e irnos de nuevo al pueblo a comprar algunos regalos, pasear, y cenar mientras actuaba en el escenario de la plaza una chirigota del vecino pueblo de Bolaños. Después a la feria. Que sí, que también estaban aquí de feria.





Y sin abusar de la fiesta nos vamos de nuevo al hotel para preparar la última etapa del viaje.


Día 13. Jueves 25 de agosto:

A sólo 340 km de Sevilla procuramos no salir demasiado tarde y no entretenernos mucho en el camino.

El desayuno en Almagro es un auténtico robo en un bar cercano a la plaza de toros de cuyo nombre no es que no quiera acordarme sino que no me fijé, pero lo he buscado en google para deciros que no vayáis al Café Bar Pablo: 10,40€ por un par de cafés con leche, un par de tostadas con mantequilla y un par de zumos de bote. 



Partimos caramente desayunados cruzando las tierras que en su día defendiese la Orden de Calatrava hacia Puertollano después de revisar de nuevo los niveles de aceite de Rogustiana.



Esta etapa empieza entretenida por lo cambiante del paisaje. Pronto nos vemos en el siempre impresionante Valle de Alcudia atravesado por una larga recta que te permite relajarte y admirar el bello paisaje para adentrarnos después en las divertidas y rápidas curvas de Sierra Madrona y Sierra Cardeña.

Un gustazo ver a Robi en mis retrovisores cada vez que entraba o salía de una curva. Se me anima el jodío justo cuando se acaba el viaje.

Y pasando Montoro, antes de bajar hasta Córdoba, desde lo alto aún de las estribaciones de Sierra Cardeña, divisamos el impresionante y familiar valle del Guadalquivir, el río grande, la columna vertebral de Andalucía. Y como en cada viaje, al partir o regresar, algo que no sabría describir me emociona y me estremece. Ya me siento en casa y se me pone la piel de gallina. Debajo de esa ropa llena de duras protecciones, debajo de ese casco, ese pañuelo y esas gafas no puedo evitar, no me preguntéis porqué y no se lo digáis a nadie, derramar alguna que otra lágrima. Me siento de puta madre.

Paramos a repostar al entrar en la autovía, a mitad de camino, y llamamos a Rosa, que iba a recibirnos en casa, para decirle que llegaríamos a eso de las tres. Y nos metemos de lleno en el último tramo del viaje atravesando la sartén de Andalucía con Roberto marcando buen ritmo al frente del aburridísimo, pesado y caluroso trámite de llegada a Sevilla.



Y a las tres y diez nos encontramos con Rosa que estaba esperándonos para tomar las últimas tapitas del viaje en El Rincón de la Bodeguita (otro sitio que siempre recomendaré).





Conclusiones:

2700 km en trece días. Las motos se han portado como se esperaba de ellas. Todo tipo de carreteras y paisajes. Momentos inolvidables y momentos para olvidar (los menos). Sorpresas continuas. Un magnífico paréntesis. De ninguna manera podéis perderos la reunión de primavera del foro del año que viene en Castellón.

Agradecimiento sin fin a la familia castellonense. Y agradecimiento sin fin a quienes nos han echado una mano y nos han acompañado durante el viaje tanto en persona como en la distancia. Y mención especial a Robi por sufrirme día y noche durante trece días (cuando pienses en matrimonio acuérdate de mí), que además puso la banda sonora al viajecito, ¿sabíais que se pasa el día canturreando?

Recuerdo especial en los momentos especiales para los que quisiéramos que hubiesen estado, quisieran haber estado, y no pudieron estar.

Unas vacaciones inolvidables con una gente inolvidable. Estrechamos lazos y compartimos glorias y miserias haciéndonos más vulnerables y más fuertes.

Y ya estamos pensando en las próximas rutas, seguramente por la infinita y desconocida España, por sus paisajes y sus gentes.

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